Acostumbro escribir mis palabras al final. Hoy no, porque no quiero que ni por un segundo puedan pensar que la belleza de poema que voy a compartirles es mío. Pasé grandes apuros para elegir uno, porque todos me estremecen.
Este fin de semana lo viví en Chignahuapan, a donde fui para la presentación del libro de Raquel Olvera titulado El Noveno Rio,no pude compartir con ella y mis amigos Cardo todo el tiempo que hubiera querido, pero mis pensamientos fueron todos suyos. Ningún número de kilometros es mucho, para dejar de escucharla. Aquí el poema y que Dios nos la conserve mucho tiempo:
He construido un pequeño altar
para ver como se muere
un ramo de astromelias púrpura.
La urdimbre de la silla
quedó impresa en mi piel;
testimoniar la muerte de una flor
requiere desnudez
y paciencia.
Tajado por la hoz, el tallo,
ignorando su orfandad de raíces,
cumple estoicamente su función.
Ni el magenta, ni el pálido rosa,
escapan a la asfixia de oxidarse.
En medio de un perfume de agonía,
sus estambres se vuelven hilos
y agachan tímidamente la pequeña cabeza:
ver como se pudre una flor,
es verla nacer de nuevo.




